Lo que se queda en la cabina
Ubicación: Puerto de Pajares — Campomanes (Lena), Asturias — Spain
Zona / Ruta: Puerto de Pajares
Ciudad: Campomanes (Lena), Asturias
País: Spain
Tipo de lugar: Parking, Truck
Protagonistas: Truck Driver
Horario: Night
Idioma: Español
Hay cosas que no se cuentan en el bar. Esta no la conté nunca, y si la cuento ahora ye porque la cabina ya la sabe y una vez más no se va a enterar.
Después del beso nos quedamos quietos, frente con frente, como dos camiones que se han rozado el retrovisor en una maniobra y ninguno sabe si bajar a hacer el parte. Él respiraba fuerte por la nariz. Yo directamente no respiraba.
—Tens a certeza? —me dijo bajito.
A mis cincuenta y cuatro años no tengo certeza de nada, ni del tiempo que va a hacer en Pajares. Pero le cogí la cara con las dos manos, que me la llenaba entera, y le contesté con otro beso. Ese ya no fue despacio.
La sudadera gris salió por arriba con capucha y todo, y debajo había lo que yo me había imaginado en el bar y un poco más: pecho de chaval que trabaja, piel caliente, un vello oscuro que le bajaba en línea por la tripa. Me puso la mano encima de la camisa, en el pecho, y la dejó ahí, como quien comprueba que el motor sigue en marcha.
—Estás quente.
—Ye el café con chorrito.
Se rió con la boca pegada a mi cuello, y aquella risa suya que se desbordaba la noté entera en la piel.
Los botones de mi camisa los soltó él, uno a uno, sin prisa, mirándome como si fuera a descubrir algo. Lo que descubrió fue la barriga de treinta años de bocadillos de área y el pelo canoso del pecho. Yo esperaba una cara. Lo que puso fue la mano abierta encima, y luego la boca. Hay hombres que te miran el cuerpo como quien mira un camión viejo. Tiago lo miraba como quien mira uno que todavía tira.
La litera de mi cabina está hecha para un hombre solo y cansado, no para dos con ganas. Nos dimos un golpe cada uno contra los armarios de arriba antes de encontrar la manera, y nos entró la risa, y la risa ayudó más que nada. Quitarse los pantalones ahí dentro ye cosa de contorsionista; de las botas, mejor no hablar. Cuando por fin estuvimos piel con piel debajo de la manta de cuadros, él temblaba un poco. No era de frío.
La cortina del parabrisas se quedó abierta. Ninguno de los dos se acordó de correrla, con los nervios y con lo que vino después, y tampoco hacía falta: con aquella niebla no había nadie fuera, y aunque lo hubiera, no había nada que esconder. Seguían parpadeando las luces naranjas y la niebla apretaba contra los cristales, que empezaban a empañarse por dentro, y no precisamente por el frío.
No voy a contarlo todo. Hay cosas que uno no cuenta ni en una historia. Pero diré que aquel chaval sabía lo que quería y no le daba vergüenza pedirlo, con esa media lengua suya que mezclaba portugués y castellano y que a ciertas horas se queda en nada, en respiración. Que me buscó con unas manos que olían a jabón de gasolinera y que a mí me supieron a gloria. Que en algún momento me agarré al canto del armario de arriba como quien se agarra al volante en un puerto con hielo, y que él me dijo algo al oído que no entendí y no me hizo falta entender.
Y que yo, que llevaba años sin tocar a nadie más que el volante, me acordé de golpe de lo que era tener otro cuerpo encima: el peso, el calor, el olor. Me acordé, y casi me dio pena haberlo olvidado tanto tiempo.
Después nos quedamos tirados, apretados en la litera, su cabeza en mi hombro y su pierna encima de las mías. En el salpicadero, el móvil se encendió: cargaba. Ninguno de los dos se movió a mirarlo.
—Em casa ninguém sabe —dijo al rato, mirando al techo.
—En la mía no hay nadie que pueda saber nada —le contesté.
No dijimos más. No hacía falta. La cabina ya lo sabía, y la cabina no habla.
Se durmió antes que yo. Respiraba como respiran los chavales, sin miedo. Yo me quedé despierto oyendo la radio, que seguía con sus canciones de siempre, y pensando que ojalá la quitanieves se atascara hasta marzo.
A las siete y pico empezó a clarear la niebla. Tiago se vistió a oscuras, dándose otra vez con el armario y riéndose bajito para no despertarme, aunque yo estaba bien despierto. Antes de bajar me puso la mano en la cara, igual que yo se la había puesto a él.
—Até a próxima, Xuaco.
Y bajó a la explanada con la capucha puesta, hacia su frigorífico de Viana, como quien viene de tomarse un café.
El cargador se quedó enchufado en el salpicadero. Todavía está ahí.