La noche que cerró Pajares

Ubicación: Puerto de Pajares — Campomanes (Lena), Asturias — Spain

Zona / Ruta: Puerto de Pajares

Ciudad: Campomanes (Lena), Asturias

País: Spain

Tipo de lugar: Parking, Service Area, Truck

Protagonistas: Truck Driver

Horario: Night

Idioma: Español

En treinta años de carretera he visto cerrar Pajares más veces que abrir la cartera a mi cuñado, y eso ye mucho decir.

Aquella noche lo cerraron a las dos y cuarto. La Guardia Civil nos fue metiendo a los pesados en la explanada de Campomanes como quien mete vacas en la cuadra, uno detrás de otro, con las luces de emergencia pintando de naranja la niebla. Nieve en el puerto, cadenas obligatorias, y ni con cadenas, que la quitanieves estaba atascada más arriba. Ahí te quedas. Ahí te quedas lo que haga falta.

Yo llevaba bobinas de acero para Madrid y ninguna prisa, que el acero no se pudre. Apagué el motor, dejé la estacionaria puesta y bajé al bar, porque a esas horas la cabina se te cae encima y uno ya tiene una edad.

El bar estaba lleno de xente con la misma cara: cansancio, cabreo y resignación, por ese orden. Olía a café recalentado, a chaqueta mojada y a gasoil. La de la barra, una mujer que no había dormido en esta vida ni en la anterior, servía los cafés con chorrito sin preguntar si querías el chorrito. Güen criterio.

No quedaba una mesa libre. Bueno, quedaba media: en la del fondo, junto a la ventana, había un chaval solo, con un móvil sin batería y un bocadillo sin empezar.

—¿Ta ocupao? —le pregunté.

Me miró como se mira a un oso que te habla. Luego entendió.

—Não, não. Pode sentar.

Portugués. Lo había visto aparcar un frigorífico de Viana do Castelo dos camiones detrás del mío, con más cuidado del que se le suele ver a la gente de su edad. Treinta y pocos, calculé. Barba de dos días, sudadera gris con capucha y unos antebrazos de los que se ganan descargando, no en el gimnasio. Y unas pestañas que no tenían por qué estar en esa cara, pero ahí estaban.

Me senté. Yo el portugués lo chapurreo de tantos años bajando a Oporto, y él el castellano lo arrastraba con esa música suya que hace que hasta un «me cago en todo» suene a fado. Se llamaba Tiago. Llevaba pescado congelado a Mercamadrid y le iba a caer la bronca del siglo por llegar tarde.

—Tranquilo, que la nieve no la has puesto tú —le dije—. Y el pescao ya está muerto, no tiene prisa.

Se rió. Tenía una risa que empezaba floja y luego se le escapaba entera, como cuando escancias mal y la sidra se te va por todos lados.

Hablamos de lo que hablan dos camioneros a las tres de la mañana: de las rutas, de las multas, de las áreas donde todavía se come bien y las que ya no, de lo jodido que ye pasar tantas noches solo. Eso último lo dijo él, mirando la ventana. Yo no contesté. Hay cosas que uno no contesta, se las guarda.

Fuera, la niebla se había comido los camiones. Solo se veían las luces naranjas parpadeando a lo lejos, como si alguien hiciera señales desde otro mundo.

Pedí otro café, este con el chorrito doble. Cuando se lo puse delante, nuestras manos se rozaron en la taza. Una tontería. Un segundo. Pero él no apartó la mano tan rápido como lo habría hecho cualquiera, y yo tampoco. Llevo la vida en la cabina y la cabina lo sabe todo: sé distinguir un roce de un accidente.

—Tens frio? —me preguntó. No sé por qué, porque en el bar hacía veinticinco grados.

—Yo nací en Mieres, chaval. Frío lo pasaréis vosotros.

Volvió a reírse, pero ya de otra manera. Más bajo. Más para mí.

A las cuatro y media se le murió del todo el móvil y a mí se me acabó la paciencia con el bar. Le dije que en la cabina tenía cargador, que si quería. Lo dije así, sin más, como quien ofrece tabaco. Él miró hacia la ventana, luego me miró a mí, y cogió el bocadillo, que seguía sin empezar.

Cruzamos la explanada con la niebla hasta las rodillas. Hacía un frío de los que muerden. Dentro, la estacionaria lo había dejado todo tibio, con ese olor a casa que tiene una cabina cuando llevas años viviendo en ella. Enchufé su móvil. Él se sentó en la litera, porque en el asiento del copiloto tenía yo los papeles. Yo me quedé de pie, que en una cabina estar de pie es estar agachado.

—Obrigado, Xuaco.

Era la primera vez que decía mi nombre. Le salió con la jota suave, casi una ese. Nadie me había llamado así nunca.

Se levantó de la litera para mirar si el móvil cargaba, y en una cabina no caben dos de pie. Quedamos frente a frente, a un palmo, con el runrún de la estacionaria y la niebla pegada a los cristales. No sé quién se acercó primero. Me gusta pensar que fue él, pero igual fui yo, que a mi edad uno ya no está para esperar a que abran los puertos.

Me besó despacio, con la barba todavía fría de la explanada y la boca caliente de café con chorrito. Un beso de los que no piden permiso, pero tampoco tienen prisa.

Fuera, una luz naranja seguía parpadeando. Lo demás se queda en la cabina, que pa eso la cabina lo sabe todo.

Abrieron Pajares a las nueve y diez. Cuando arrancó su frigorífico, yo ya estaba en el asiento, con el café de la máquina y la radio puesta. Me pitó dos veces al pasar. Le pité una.

Todavía tengo su cargador. Se lo dejó. O lo dejó, que no ye lo mismo.