Lo que se ve cuando te agachas
por Marcos
Madrid · España

Rafa no sabe lo que provoca. O sí lo sabe y le da igual, que también puede ser. Llevo tres meses en esta obra y tres meses mirando lo mismo: Rafa se agacha a coger material, la camiseta se le sube, el pantalón se le baja y ahí está, ese culo gordo y blanco asomando sin vergüenza ninguna. Un crack el tío. Cincuenta años, espalda ancha, manos de haber trabajado toda la vida. De los que sudan de verdad y no se quejan. Yo soy así — me puede tanto un chaval en chandal como un hombre hecho y derecho que sabe lo que es currar. Rafa es de los segundos. De los que te dan ganas de agarrar sin pedir permiso. El miércoles pasado me harté de mirar. Estábamos solos en la segunda planta, el resto había bajado a comer. Rafa moviendo sacos, yo fingiendo que revisaba no sé qué. Se agachó. La camiseta arriba, el culo fuera como siempre. Y yo no sé qué me pasó — bueno sí lo sé — me acerqué por detrás y le puse la mano encima. Se quedó quieto. No se giró, no dijo nada. Solo se quedó quieto con el saco en las manos y yo con la mano en su culo como si tal cosa. Cinco segundos, diez. Luego soltó el saco despacio, se incorporó y se giró. Me miró. Yo le sostuve la mirada. — Llevas tiempo con ganas — me dijo. — Desde el primer día — le dije yo. Se rio. Una risa corta, de tío que no se sorprende de nada. Luego miró hacia las escaleras, escuchó, y cuando comprobó que no había nadie me agarró del cuello y me pegó contra la pared. Lo que pasó después duró quince minutos justos. Quince minutos en los que aprendí que Rafa tampoco lleva tres meses mirando solo a los sacos de cemento. Cuando bajamos a comer, el resto ya estaba terminando los bocadillos. Nadie preguntó nada. Rafa cogió su botella de agua, me miró de reojo y sonrió. Mañana hay faena en la tercera planta. Solos otra vez.