Luces de furgoneta y carne caliente en el encinar de Maqueda

Ubicación: Toledo — Spain

Ciudad: Toledo

País: Spain

Tipo de lugar: Rest Area

Protagonistas: Truck Driver, Delivery Guy

Horario: Afternoon

Idioma: Español

Era última hora de la tarde, de esas en las que el calor de Toledo te aplasta contra el asiento. Venía de meterle horas al camión y paré a hacer la pausa obligatoria en el área de descanso de la **A-5, a la altura de Maqueda**, justo donde están las gasolineras grandes antes de tirar para Extremadura. Ya me conocéis, abrí un poco las cortinillas de la cabina para que corriera el aire, me quedé en calzoncillos y me puse a vigilar el panorama mientras me tomaba una lata fría. Uno ya lleva muchos kilómetros a la espalda y sabe cuándo el ambiente está cargado de lo que nos gusta.

Al rato, entró una furgoneta blanca de reparto, de las medianas. Aparcó un poco alejada de las farolas, pegada a la valla del fondo, donde empieza un camino de tierra que se mete hacia un bosquecillo de encinas y rastrojos. Vi bajarse al chófer: un chaval joven, de unos veintitantos o treinta como mucho, con vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos brazos bien hechos. El tío no iba a mear. Miró un par de veces hacia los camiones, se ajustó el paquete por encima del pantalón y se metió directo por el sendero hacia la oscuridad de los árboles.

A mí se me encendió la alarma al momento. El instinto no falla. Me calcé las botas, me eché las bermudas por encima y salí de la cabina sin hacer ruido.

Caminé despacio por el sendero, guiándome por el crujido de las ramas secas y la luz de la luna que se filtraba entre las encinas. A los pocos minutos lo divisé. Estaba de espaldas a mí, apoyado contra el tronco de un árbol, con los pantalones bajados hasta las rodillas. Por el vaivén rítmico de los hombros y los brazos, estaba claro lo que se estaba haciendo: se la estaba machacando a dos manos, dándose prisa, respirando ya fuerte.

Me acerqué por detrás como un fantasma, pisando con cuidado. Cuando estuve a un palmo, estiré la mano y le posé la palma bien abierta, firme, en todo el cachete del culo. Estaba ardiendo. El chaval ni se asustó; dio un respingo de puro gusto, arqueó la espalda hacia atrás y apretó las nalgas contra mi mano, invitándome a más. Le metí los dedos por la hucha, sobándole ese ojete que ya estaba húmedo de la excitación. Se lo abrí un poco con los pulgares para echarle un vistazo a oscuras; estaba prieto, limpio y pidiendo guerra. Vi claro lo que iba a pasar allí mismo.

El chaval se giró de golpe, con los ojos encendidos y la polla completamente dura, apuntando al cielo. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra seca, me desabrochó el pantalón con un ansia que me puso la polla como una estaca y me la sacó fuera. Tenía una boca golosa, de las que no tienen miedo. Me la agarró con las dos manos y empezó a chupármela con saña, tragándosela entera hasta el fondo, haciéndome garganta profunda mientras me miraba desde abajo y gemía. Estaba gozando como un loco y yo sentía que me iba a correr ahí mismo, pero mi polla de camionero veterano tenía otros planes para él. No quería que acabara tan rápido.

Le agarré del pelo del cogote con suavidad pero firme, le obligué a suprimir la mamada y le hice levantarse. Lo volví a girar contra el árbol y le empujé la espalda para que doblara el lomo. Le quedé el culo en pompa, bien alto, brillando bajo la luna. Me agaché un poco y le pegué un lametón tremendo, de abajo arriba, metiéndole la lengua bien profunda en el ojo del culo, ensalivándoselo a conciencia para que ablandara. El chaval empezó a jadear y a suplicar: *"Mete, mete ya, joder"*.

Me escupí en la mano, me embadurné bien el nabo, apoyé la punta de mi polla gorda contra su entrada y empujé hacia dentro despacio, saboreando cómo se abría. El tío soltó un quejido agudo de placer puro mientras se tragaba toda mi hombría hasta los cojones. Nos quedamos un segundo quietos, asimilando el llenazo, y entonces empecé a bombearle.

Fue un vaivén lento al principio, disfrutando de cómo me estrujaba las paredes de su recto, y luego ya a lo bestia, dándole duro, haciéndole chocar los huevos contra su culo en mitad del monte de Toledo. Cada embestida mía le sacaba un gemido sordo. Le agarré de las caderas para empalarlo bien, disfrutando de la fricción, del olor a sudor, a cuero y a noche de carretera.

Al cabo de unos minutos de puro bombeo salvaje, aquello era un volcán. Noté los espasmos en su culo, señal de que él también se la estaba tocando y estaba a punto de reventar. Le metí tres o cuatro viajes bien profundos, empujando con todo el cuerpo, y la traca final fue apoteósica: le llené el fondo del culo con chorros calientes de leche pegajosa, mientras él se corría a la vez contra el tronco del árbol, manchando la corteza.

Me saqué el nabo con un 'chof' húmedo, jadeando, pensando que ahí se acababa la faena. Pero el chaval me sorprendió. Apenas diez segundos después de correrse, se dio la vuelta y vi que su polla seguía como una roca, roja y bombeando venas, sin perder nada de fuerza. Tenía una mirada desbocada. Se me acercó al oído con la respiración rota y me soltó una petición directa que no me esperaba de un yogurín como él: "Ahora te toca a ti, veterano... date la vuelta y agárrate al árbol, que te voy a partir en dos".

A mí se me abrieron los ojos como platos, pero un camionero de verdad no se arruga ante un reto de carne caliente. Me entraron unos sudores nuevos y el morbo me puso a mil. Me giré sin pensarlo, apoyé las dos manos firmes en el tronco de la encina y saqué todo el culo hacia atrás, doblando el espinazo. El chaval no perdió el tiempo. Escupió un gargajo gordo en su mano, se embadurnó bien el rabo y noté la punta abrasando mi entrada. Embestió sin anestesia, metiéndomela limpia hasta el fondo de un solo viaje.

Solté un gruñido sordo que retumbó en todo el bosque. El chaval tenía fuerza en las piernas; me agarró de los pelos de los costados de la cintura y empezó a zumbarme con una rabia y una velocidad salvajes. Su polla me rozaba por dentro partes que me hacían ver las estrellas de puro gusto. No habían pasado ni diez minutos desde nuestra primera corrida y aquello volvía a estar al rojo vivo. El chaval metía los riñones con ganas, haciéndome rebotar contra la corteza del árbol, gimiendo en mi oreja mientras eyaculaba mentalmente con cada empujón.

A la velocidad que iba, la pólvora le duró poco. Noté cómo me sujetaba con más saña, hincándome las uñas, y con los últimos tres embates brutales dio un alarido de macho. Sentí perfectamente sobre mi espalda y mis nalgas la presión de un chorro espeso y hirviendo de su leche, salpicándome con fuerza mientras terminaba de vaciarse de mala manera.

Nos quedamos entonces sí, unos minutos abrazados por la espalda, sudorosos, respirando como caballos y asimilando el doble vaciado. Dos hombres felices, sin mediar palabra, disfrutando de lo mejor que te puede dar una parada en mitad de la ruta. Nos subimos los pantalones como pudimos y volvimos hacia el parking cada uno por su lado, con el cuerpo relajado y listos para seguir quemando el asfalto.