LA REVISIÓN

Ubicación: A-7 — Tarragona — Spain

Zona / Ruta: A-7

Ciudad: Tarragona

País: Spain

Tipo de lugar: Rest Area

Protagonistas: Worker, Mechanic

Horario: Morning

Idioma: Español

Salí del taller con el Mercedes del cliente a eso de las dos. Una revisión de frenos, nada del otro mundo, pero el jefe quería que le diera una vuelta larga para asegurarse. "Tremendo, llévalo hasta Tarragona y vuelves." Como si fuera un recado. La A7 estaba tranquila para ser jueves. Calor de justicia y yo con la chaqueta azul de trabajo puesta porque salí con prisas — camisa de cuadros, pantalón cargo gris, el uniforme de siempre — sin pensar que iba a acabar aparcado en un área de descanso con los pantalones a medio camino. Pero eso vino después. En el área de Les Borges paré a revisar los frenos. Aparqué en la zona de camiones, que es donde hay sombra de verdad. Salí, me agaché, toqué los discos — bien — y volví a sentarme. Motor apagado. Silencio. Calor. Y no sé si fue el calor, o los camioneros que veía por el retrovisor moviéndose lentos entre sus cabinas, o simplemente que llevaba una semana sin echar un cable — pero me empezó a rondar la cabeza una idea. Una idea muy concreta, muy gráfica y muy poco relacionada con los frenos del Mercedes. Me recosté en el asiento. Me desabroché el primer botón del pantalón cargo. Solo para estar más cómodo, me dije. Claro. A los treinta segundos tenía la mano donde no debía y una película mental de producción propia en marcha. Actores: dos tíos. Localización: cabina de camión. Argumento: ninguno que necesitara guión. Lo que no sabía es que llevaba cinco minutos de función y ya tenía público. Un chaval. Tendría veintitantos, pelo corto, camiseta ajustada de esas que llevan los que van al gimnasio pero no lo aparentan demasiado. Estaba apoyado en el capó del coche de al lado mirando el móvil. O eso creía yo. Porque cuando levanté la vista y le pillé, no apartó la mirada. Ni se inmutó. Solo sonrió. Yo debería haber subido la ventanilla. Eso es lo que debería haber hecho. En cambio abrí la puerta del copiloto. Se sentó como si le hubiera invitado a un café. Con esa calma de los que saben exactamente lo que están haciendo y no tienen ninguna prisa. Cerró la puerta. Me miró. Y dijo, con un acento que no era de aquí — francés, me pareció, o italiano, qué más daba —: "¿Necesitabas ayuda?" Lo que pasó en los siguientes cuarenta minutos en ese Mercedes aparcado a la sombra de un camión polaco no lo voy a resumir. Lo voy a contar bien. Empezamos despacio, que es como hay que empezar cuando no te conoces de nada pero os entendéis perfectamente. Él tenía las manos de alguien que trabaja — no de oficina, de verdad — y sabía usarlas. Yo tenía cuarenta y dos años, doscientos kilos de experiencia acumulada y ninguna prisa para llegar al taller. Nos quitamos lo justo. En un Mercedes aparcado no hay protocolo que valga — te obliga a la proximidad, al roce, a resolver con creatividad lo que la geometría complica. Sus muslos contra los míos. Su nuca entre mis manos. Su boca haciendo cosas que los frenos del coche no merecían pero yo sí. El calzoncillo blanco acabó en el salpicadero. No recuerdo exactamente cómo. Polla, culo, muslos — no quedó parte sin atender. Él era metódico, como buen europeo del norte. Yo era más de improvisar. Funcionamos bien. El final llegó como tiene que llegar — sin avisar demasiado, con la contundencia que uno espera después de una semana larga y cuarenta minutos de trabajo bien hecho. Una descarga de tensión muy merecida. El Mercedes se quedó callado. Nosotros también, un momento. Luego él se abrochó, me dio una palmada en el muslo — "Bonne route" — y se bajó tan tranquilo como había subido. Yo arranqué el Mercedes, salí del área y puse rumbo al taller. Los frenos estaban perfectos, por cierto.