LA PARADA DE NOVELLANA
Ubicación: A-8 — Novellana — Spain
Zona / Ruta: A-8
Ciudad: Novellana
País: Spain
Tipo de lugar: Rest Area, Truck
Protagonistas: Truck Driver
Horario: Afternoon
Idioma: Español
Llevaba desde Oviedo con la cabeza en la carretera y el cuerpo pidiendo parar. La A-8 en esa zona es bonita, xana, verde hasta donde te alcanza la vista, pero son muchas horas y el culo ya lo notaba. Salí en Novellana, aparqué el Volvo entre otros dos camiones y bajé a estirar las piernas. Había otro tío aparcado un poco más allá, uno de esos Mercedes blancos de autónomo, cargado hasta arriba con lo que parecían palets de madera. El conductor estaba fuera, apoyado en la cabina, fumando. Cuarenta y pocos, complexión fuerte, mono de trabajo abierto hasta el pecho. Me miró cuando bajé. Yo también le miré. No me acerqué de entrada. Fui al baño, me lavé la cara, me tomé un momento. Cuando volví él seguía en el mismo sitio pero ya no fumaba. Me había visto volver. Eso me dijo bastante. Me paré a su altura con la excusa de mirar el cielo, que amenazaba lluvia por el noroeste. —Va a mojar antes de Ribadeo, dije. —Ya, contestó. Sin más. Pero no se movió. Nos quedamos así un momento, los dos mirando la nada, y entonces él señaló su cabina con la cabeza. Sin palabras. Yo subí primero. Dentro olía a tabaco y a ambientador de pino y a hombre que lleva días en la carretera. Olía bien. Cerré la puerta y él ya estaba quitándose el mono por los hombros. Yo no me hice esperar. Nos tocamos los huevos sin prisa, con ganas. Los suyos muy compactos, apretados, la polla gruesa y caliente. La mía respondió enseguida. Nos chupamos el uno al otro como si tuviéramos toda la tarde, aunque ninguno la teníamos. Hay encuentros así, que funcionan solos, sin negociar nada. Le moló mi culo. Se lo enseñé. No soy muy pasivo pero me gusta que jueguen con él, y él lo hizo con ganas y con la lengua primero, luego con los dedos, despacio. Me puse como una moto. Estuvimos mucho tiempo con las pollas en la mano, en la boca, sin prisa aunque los dos sabíamos que había ruta pendiente. Al final nos pusimos en 69 dentro de esa cabina que era ya un horno, y nos corrimos en la barba del otro casi al mismo tiempo. Nos limpiamos con papel de la guantera. Nos vestimos. Él abrió la ventana. —Buen viaje, dijo. —Igualmente, contesté. Bajé del Mercedes, subí a mi Volvo y seguí hacia Galicia. La cabina lo sabe todo, sí. Pero a veces la del vecino también.